Siete libros para descubrir que la naturaleza nunca deja de comunicarse.
Con Cómo se comunican los seres vivos y curiosidades, Lorenzo Roca Moreno se ha embarcado durante años en un proyecto poco habitual: observar la vida a través de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo nos comunicamos?
A lo largo de siete volúmenes, la colección se adentra en el homo sapiens, los mamíferos, las aves, los reptiles, los anfibios, los peces y, finalmente, los invertebrados. Este último volumen, lleva al autor al territorio probablemente más amplio y diverso de toda la serie dedicada al reino animal.
Como se comunican los seres vivos
Más que tratados científicos, sus libros quieren ser obras de divulgación accesibles y visuales, en las que la comunicación sirve también como puerta de entrada para conocer la forma de vida, el comportamiento y las innumerables curiosidades de las especies que comparten el planeta con nosotros. Una aventura editorial que invita, sobre todo, a mirar a los demás seres vivos de otra manera.
Cuando comenzó a escribir el primer volumen de la colección, dedicado al homo sapiens, ¿imaginaba que aquella idea acabaría convirtiéndose en una serie de siete libros?
El proyecto comenzó al inicio de la pandemia de la COVID-19. En aquel momento no imaginaba que llegaría a completar una enciclopedia de siete volúmenes. Era consciente de la inmensa cantidad de trabajo que tenía por delante y de que llevarla a término supondría renunciar temporalmente a algunas de mis otras actividades y dedicar miles de horas a investigar, contrastar información, escribir y revisar.
Lo que comenzó como una idea fue creciendo poco a poco hasta convertirse en un proyecto que me ha acompañado durante varios años.
Después de tantos años investigando cómo se comunican otras especies, ¿ha cambiado su propia manera de observar a un animal? ¿Ve ahora cosas que antes le pasaban inadvertidas?
En realidad, desde pequeño siempre me ha entusiasmado el mundo animal y he sentido una enorme curiosidad y respeto. Pero todos estos años de investigación me han permitido comprender mucho mejor comportamientos y formas de comunicación que antes podían pasarme inadvertidos.
También me han hecho reflexionar sobre nuestro lugar en la naturaleza. Somos una especie más entre cerca de dos millones de especies que han sido descritas por la ciencia, y compartimos el planeta con una extraordinaria diversidad de otros seres vivos: plantas, hongos y microorganismos.
A veces los seres humanos actuamos como si tuviéramos más derechos que los demás, cuando, desde una perspectiva evolutiva, Homo sapiens es una especie extraordinariamente reciente en la historia de la vida en la Tierra.
Conocer cómo los animales se comunican, cooperan, compiten, protegen a sus crías, buscan pareja o advierten de un peligro hace que los observes de otra manera. Descubres que a nuestro alrededor están ocurriendo continuamente cosas que antes simplemente no sabíamos interpretar. Todas ellas admirables.
Solemos relacionar la palabra «comunicación» casi inmediatamente con hablar o emitir sonidos. Sin embargo, en la naturaleza encontramos señales químicas, colores, movimientos, vibraciones, olores, luz… ¿Cree que tenemos una idea demasiado limitada de lo que significa realmente comunicarse?
Sin duda. Cuando pensamos en comunicación tendemos a hacerlo desde nuestra propia experiencia y la relacionamos inmediatamente con la voz, los sonidos, o el lenguaje, por ejemplo. Sin embargo, en la naturaleza existen otras formas de transmitir información.
Los animales se comunican mediante sonidos, olores, sustancias químicas, colores, movimientos, vibraciones, señales luminosas e incluso señales eléctricas. Algunas especies combinan varios de estos sistemas al mismo tiempo.
Un olor puede indicar la presencia de una pareja o de un depredador; un cambio de color puede expresar una amenaza o servir durante el cortejo; una vibración transmitida por una planta, el suelo o el agua puede llevar información a otro individuo situado a cierta distancia. La naturaleza está llena de mensajes que siempre han estado ahí, aunque nosotros no fuéramos capaces de percibirlos o interpretarlos.
En sus libros insiste en un enfoque divulgativo y accesible, sin pretender convertirlos en tratados científicos. ¿Es complicado explicar fenómenos a veces muy complejos de una manera sencilla sin simplificarlos demasiado?
No resulta fácil. Mis libros no pretenden ser tratados científicos ni están dirigidos a especialistas, sino a cualquier persona que sienta curiosidad por la naturaleza.
Para explicar de manera sencilla un fenómeno complejo, primero hay que comprenderlo, consultar diferentes fuentes y decidir qué información es realmente necesaria para que el lector entienda lo esencial. Después viene quizá lo más complicado: eliminar tecnicismos innecesarios sin perder el rigor científico.
No quiero que el lector tenga que ser biólogo para comprender el libro. Mi objetivo es que pueda leer sobre un animal, una planta o un hongo, entender lo que se explica y, sobre todo, terminar con ganas de saber algo más.
Por eso, en cada especie o grupo de especies he incorporado también un apartado de curiosidades, que hacen la lectura más amena.
Detrás de cada tomo hay una enorme labor de búsqueda, selección y contraste de información. ¿Cómo es el proceso desde que empieza a investigar un grupo de animales hasta que considera que el libro está terminado?
Ha sido un proceso largo, unas 10.000 horas de trabajo, alrededor de 2.200 páginas, 6.000 fotografías y más de 1.200 especies tratadas.
Primero establecí qué grupos debían aparecer y cómo organizar el contenido. Después comenzó una intensa labor de investigación, consultando y contrastando información procedente de libros, publicaciones científicas, universidades y otras fuentes especializadas.
Y, aun así, siempre queda la sensación de que podría añadirse algo más. En algún momento hay que dar el libro por terminado y recordar que el objetivo no es contarlo todo, sino ofrecer una visión rigurosa, accesible y capaz de despertar la curiosidad.
He de decir que mi compañera de vida, Rosa, ha sido fundamental en el proceso, sin su soporte continuo y paciencia esta serie jamás hubiera sido posible.
Las imágenes tienen un peso enorme en toda la colección. ¿Considera que en estos libros la fotografía no es simplemente una ilustración del texto, sino otra forma de contar y de enseñar?
Absolutamente. Desde el principio tuve claro que las fotografías debían ser una parte fundamental de la colección. Una buena imagen permite comprender en pocos segundos una forma, un comportamiento, un color o una adaptación que necesitaríamos muchas palabras para explicar. Además, nos permite descubrir especies que probablemente nunca tendremos la oportunidad de observar directamente.
Por eso he dedicado también muchas horas a seleccionar las fotografías, la mayoría adquiridas en plataformas especializadas. Intento que tengan una función didáctica y ayuden a entender mejor lo que se explica.
Texto e imagen forman parte de una misma manera de divulgar y de acercar al lector la extraordinaria diversidad de la naturaleza.
Hay también un elemento muy característico de sus libros: los sellos de correos dedicados a las distintas especies. ¿De dónde surgió la idea de incorporarlos y qué cree que aportan a la colección?
El primer sello postal de la historia, el famoso Penny Black, apareció en Gran Bretaña en 1840 y mostraba el perfil de la reina Victoria. Desde entonces, los sellos no solo han servido para franquear una carta, sino también para mostrar, a través de sus imágenes, la historia, la cultura y la naturaleza de cada país. No olvidemos que en aquella época una parte importante de la población todavía no sabía leer ni escribir, por lo que las imágenes tenían un gran valor como forma de comunicación.
Existen miles de sellos dedicados a animales y otros seres vivos.
En definitiva, los sellos son también una interesante forma de comunicación visual, y por eso encajan perfectamente en una colección dedicada precisamente a la comunicación.
El desafío de los invertebrados
Llegamos ahora a Formas de comunicación de los invertebrados. Si ya resulta difícil resumir el mundo de los mamíferos, las aves o los peces, enfrentarse a la diversidad de los invertebrados parece una tarea enorme. ¿Ha sido este el libro más complicado de toda la colección?
Probablemente ha sido el más complicado. Los invertebrados representan la inmensa mayoría de las especies animales conocidas y reúnen grupos completamente diferentes entre sí, desde insectos y arácnidos hasta moluscos, crustáceos, corales o medusas.
El mayor problema no fue encontrar información, sino seleccionarla y ordenarla. Había muchísimo que contar y era imposible incluirlo todo.
Pero seguramente también ha sido el libro más divertido de escribir, precisamente por la extraordinaria variedad de especies, formas, comportamientos y sistemas de comunicación. Cada grupo parecía abrir la puerta a un mundo completamente diferente.
Hormigas, abejas, arañas, cefalópodos o determinados insectos poseen sistemas de comunicación extraordinariamente sofisticados. ¿Hay alguno que, salvando las distancias, le haya parecido comparable en complejidad a ciertas formas de comunicación humanas?
Compararlos directamente con nosotros sería difícil, pero algunos sistemas son extraordinariamente complejos. Las abejas, por ejemplo, pueden transmitir mediante sus danzas información sobre la dirección y distancia de una fuente de alimento. Las hormigas utilizan sofisticados sistemas químicos para organizar colonias formadas por miles o incluso millones de individuos.
También me impresionaron especialmente los cefalópodos, capaces de modificar rápidamente colores, dibujos y posturas corporales para transmitir información.
Todos ellos sin excepción demuestran que la naturaleza durante miles de años de evolución ha desarrollado formas de comunicación de una complejidad extraordinaria sin necesidad de palabras.
Precisamente porque los invertebrados son animales con los que nos cuesta más identificarnos, ¿cree que este volumen puede ser también el que más prejuicios rompa entre los lectores?
Creo que sí. Resulta relativamente fácil sentir simpatía por un delfín, un perro o un elefante, pero mucho menos por un saltamontes, un gusano de seda, una cigarra, o una medusa.
Precisamente por eso este libro puede cambiar nuestra manera de observarlos. Cuando descubrimos cómo una hormiga transmite información a sus compañeras, cómo se comunica una abeja o todo lo que puede expresar un calamar mediante cambios de color, dejamos de verlos simplemente como pequeños animales que pasan inadvertidos.
Conocerlos mejor ayuda a comprender que, aunque sean muy diferentes de nosotros, también poseen formas extraordinarias de relacionarse con su entorno y con otros individuos.
Hay animales que muchas personas ven simplemente como molestos, desagradables o incluso peligrosos. ¿Conocer cómo viven y cómo se comunican puede ayudarnos también a respetarlos de otra manera?
Muchas veces rechazamos determinados animales simplemente porque los desconocemos. Una araña, una avispa o una serpiente pueden provocarnos miedo, pero cuando conocemos cómo viven, qué función cumplen en los ecosistemas y cómo se relacionan con otros individuos, nuestra percepción cambia.
Conocer no significa que tengan que gustarnos todos, pero sí ayuda a comprenderlos y, sobre todo, a respetarlos.
Lo que los animales dicen de nosotros
Después de estudiar centenares de especies, ¿cree que seguimos cometiendo el error de juzgar la inteligencia animal utilizando al ser humano como medida de todas las cosas?
Durante mucho tiempo hemos utilizado nuestras propias capacidades como medida de la inteligencia de los demás animales. Sin embargo, cada especie ha evolucionado para resolver los problemas que plantea su propio entorno.
Un animal no necesita pensar como nosotros para demostrar capacidades extraordinarias. Algunas especies se orientan a enormes distancias, cooperan, recuerdan, aprenden, utilizan herramientas o desarrollan complejos sistemas de comunicación.
La colección habla de comunicación, pero al leer sobre las especies aparecen inevitablemente cuestiones como la pérdida de hábitats, el cambio de los ecosistemas o la desaparición de animales. ¿Ha adquirido el proyecto también una dimensión de defensa y respeto por la naturaleza que quizá no estaba tan presente cuando comenzó?
Esa dimensión ha ido creciendo a medida que avanzaba la colección. Es difícil estudiar a los animales sin encontrarse continuamente con la pérdida de hábitats, la contaminación, el cambio climático o especies cuya supervivencia está amenazada.
Los libros nacieron principalmente para divulgar cómo se comunican los seres vivos, pero inevitablemente han terminado transmitiendo también otra idea: para proteger la naturaleza, primero debemos conocerla y comprenderla.
Algún amigo me dice, medio en broma, que con los años me estoy convirtiendo en un activista. No sé si es así, pero cuanto más conoces la naturaleza y comprendes lo que estamos perdiendo, más difícil resulta permanecer indiferente.
Y si el lector fuera un niño o un adolescente, ¿qué le gustaría que hubiera cambiado en su forma de mirar la naturaleza después de cerrar uno de sus libros?
Sobre todo, me gustaría despertar su curiosidad. Que después de leer uno de los libros mirara de otra manera un ave, una hormiga, una araña o cualquier animal que encuentre a su alrededor.
Me conformaría con que comprendiera que cada ser vivo tiene una historia, unas capacidades y una manera particular de relacionarse con el mundo, y que merece la pena detenerse a observarlo.
Son nuestros compañeros de viaje en este planeta y, sin embargo, los seres humanos les estamos quitando cada día una parte de su espacio. Hay además una realidad que deberíamos recordar: la naturaleza podría continuar sin nosotros, pero nosotros no podríamos vivir sin ella. Dependemos de los demás seres vivos mucho más de lo que a veces creemos.
Después de dedicar miles de horas a observar cómo se comunican otros seres vivos, ¿qué cree que pueden enseñarnos los animales sobre algo que los humanos hacemos constantemente pero no siempre hacemos bien: comunicarnos entre nosotros?
Quizá que comunicarse no consiste únicamente en emitir mensajes, sino también en saber recibirlos. En la naturaleza, una señal solo tiene sentido si otro individuo puede percibirla e interpretarla.
Los seres humanos disponemos probablemente del sistema de comunicación más complejo que conocemos y, sin embargo, no siempre sabemos escucharnos. Después de estudiar tantas especies, una de las reflexiones que me queda es precisamente esa: comunicar mejor significa también aprender a observar y escuchar.
Y parece que todavía queda vida más allá del reino animal. ¿El siguiente gran reto es descubrir también cómo se comunican las plantas y los hongos?
Después de recorrer una gran parte del reino animal, el paso siguiente era acercarme a algo que vemos y admiramos cada día: el reino Plantae y el reino Fungi.
Las plantas y los hongos también perciben continuamente lo que sucede a su alrededor y responden mediante señales químicas, eléctricas y otras formas de interacción.
Ha sido un reto diferente y especialmente interesante. He aprendido muchísimo escribiendo este libro y, probablemente, también ha sido uno de los que más me ha emocionado. Cuanto más conoces las plantas y los hongos, más extraordinarios te parecen.
Después de todo este recorrido, Lorenzo, ¿se atrevería a completar esta frase: «Si algo he aprendido escribiendo Cómo se comunican los seres vivos es que…»?
Si algo he aprendido escribiendo Cómo se comunican los seres vivos es que la naturaleza nunca está en silencio; somos nosotros quienes muchas veces todavía no hemos aprendido a escucharla. Los animales no saben que saben, pero saben.
Todos los seres vivos se comunican, aunque solo sea para reproducirse.
Lorenzo Roca Moreno nació en Lérida el 31 de diciembre de 1947. En la actualidad reside en la provincia de Barcelona. Casado, con cuatro hijos y nueve nietos.
Formado como Perito químico, diplomado en Marketing y Dirección de Empresas, ha efectuado distintos postgrados en Tecnología de Plásticos y Caucho, Métodos y Tiempos en el Control de la Producción.



